Yo, la peor de todas

La peor de todas. Esa de la que todos hablan cuando no está. Y cuando entra provoca una onda expansiva de murmullos. Esa que atrapa las miradas. La peor de las peores. Esa, sos vos. La madre que nunca pisa el jardín de infantes.

Tengo un trabajo de 8 a 16, sábados incluidos. Mi hijo entra al jardín a las 8 AM en la otra punta de Montevideo. Por eso, soy la madre que nadie conoce. Llegué tarde el día de la familia. La maestra me vio dos veces en un año y la mayoría de las madres, ninguna. Soy un fantasma. Una firma en el cuaderno viajero, un muffin en el tupper de la merienda.

Pero se pone peor. Al jardín lo lleva su padre.

Todas saben cómo se llama. Él sabe cómo se llaman todas. Me las presenta cuando nos las cruzamos en la feria o en el súper de la esquina de casa. Todas lo aman. Suspiran y lo aman.

Pero no suspiran porque sea Brad Pitt (¡te quiero mucho mi amor!). Suspiran porque es “el padre” que lleva a su hijo todos los días al jardín de infantes.

Pocas cosas provocan en una mujer un tsunami de hormonas más grande que ver un tipo paseando por la plaza con un bebé. ¡Pero es un bebé de otra! No importa. Si lo tiene enganchado en el pecho, ya la sensación está cercana al orgasmo. Y si le limpia los mocos o canta con él, caes ahí seca, en medio del clímax.

¿Por qué si es lo mismo que hacemos nosotras? ¿A alguien se le ocurre que un tipo pueda erotizarse mirandonós arrastrar un crío que no es de ellos? Desde que tenemos cinco años nos conmueve el nene que cepilla el pelo de nuestras muñecas, que nos ayuda a ponerles vestidos y nos empuja el carrito. Siempre le agradecemos “el favor” que nos hace.

¿Es un gen defectuoso? ¿Qué nos pasa? Después, cuando tenemos 34 nos calentamos porque él no cree que sea “su turno” para cambiarle los pañales, bañarlo o llevarlo a la cama.

Porque no importa lo evolucionado, moderno, descontracturado o en contacto con su lado femenino que sea el padre de tus hijos, siempre habrá ejércitos de mujeres que le dejen bien claro que ocuparse de su hijo es una virtud maravillosa, casi un superpoder, y no una obligación que nace con el último pujo.

Y vos, puteas. Pero después, un día vas a la placita y te emociona verlo. “Ay mirá que divino ese padre, se disfrazó igual que el hijo para salir en Halloween”. Y otro, sin darte cuenta, terminás suspirando.

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