Los secretos más oscuros

Dejémonos de mentiras. Basta. Seguro no estamos solos. Es cuestión de respirar hondo y dejarlo salir en la exhalación. La verdad nos hará libres, estoy segura que leí esa frase en algún lado. No se preocupen, voy yo primero…

Traicion-y-asco

A continuación la lista de cosas asquerosas que la maternidad me ha regalado:

¿Que gusto tendrá? La pregunta parece obvia, inocente. Incluso tiene lógica preguntarse por qué le daríamos a él algo cuyo gusto ignoramos por completo. Sin embargo, al probarla nos damos cuenta. No fue una buena idea. Por algo es, que la del café con leche sale de alguien llamada Vaca.

– Comida masticada. Estás ahí, parada en el medio de un cumpleaños/plaza/playa/etc. y no ves un basurero cerca. Él abre su boca, saca una galletita a medio masticar, la suelta sobre su mano y te la entrega para que vos te ocupes de ella. Vos mirás para todos lados y te quedan dos opciones, pero llevás años despotricando contra los que tiran mugre al suelo. Abrís la boca y te lo comés. Como dicen en las películas de asesinos, la peor es la primera vez.

– Mocos. No importa cuántos lleves, en algún momento los pañuelos se acaban. Y, como diría Murphy, se acaban exactamente 30 segundos antes de que él se pase la mano por la cara y un monstruo verde emerja de sus narices. Revolvés la cartera, buscás por todos lados, mientras el tipo tironea de tu mano intentando irse. Es un segundo. Un segundo, y el monstruo verde está, ahora, en tu mano…

Más mocos. No hay nada más hermoso en esta vida que hacerlo sentir mejor. Pero nadie te explica que a veces, “hacerlo sentir mejor”, implica chupar un tubo plástico cuyo otro extremo está metido dentro de su nariz. Me encantaría que alguien me dijera si hay una razón médica que explique por qué el tubo tiene que ser transparente y darme la primera fila en “El camino del moco”.

– Roadtrip al infierno. Estás de vacaciones y llueve. Tanto saltó, gritó y tiró cosas al suelo, que ir a pasar el día al Chuy empieza a parecerte idéntico a caminar por una calle de París. Estás en el medio de la ruta, nada más que pasto y un árbol cada dos kilómetros, cuando escuchás un sonido inconfundible. Inmediatamente después, el aroma te saca de la duda y te das vuelta temblando. Está ahí, aliviado, riendo. Cubierto, de pies a cabeza, con su almuerzo. Lo único que podrá defenderte es un paquete empezado de toallas húmedas. Roadtrip al infierno.

– Caca en la cara. ¿Quién puede decir que nunca abrió un pañal y fue invadido por litros de una especie de mancha voraz que avanza y cubre todo a su paso? ¿Quién puede decir que después de eso no sintió un insoportable picor en alguna parte de su cara que instintivamente intentó rascarse? Lo demás, historia conocida.

– Desayuno de campeones. Era sábado, cerca de las ocho de la mañana. Un grito desesperado me sacó, como un piñazo, de mi sueño plácido: “¡¿Tengo mierda en la espalda?! ¡Decime por favor que no tengo mierda en la espalda!” Mientras su padre gritaba, enajenado, él jugaba como si fuera plasticina, en el medio de la cama…

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