Tabárez, el colecho y el Neuralizador de Men in Black…

oscar_tabarez

Si hay alguien que me entiende es el Maestro Tabárez. Mi vida es igual a la suya. Igual, pero multiplicada por 20.

Todas las mujeres del mundo, y varios hombres, creen que saben cómo tenés que hacer las cosas. Así como yo me animo a reclamarle al DT que cite a Fulano cuando no tengo idea de qué es un doble cinco, la mayoría de la población cree que sabe como hacer mejor que vos el trabajo de criar a tus hijos.

Algunas mujeres se permiten (nos permitimos) ese tipo de apreciaciones sobre la base de haber tenido un hermanito o sobrino, ser psicólogas infantiles, médicas pediatras o simplemente por haberlo leído en algún lado. Pero la mayoría se sostienen sobre la base de un único argumento: ellas lo hicieron y lo hicieron primero.

No importa si su hijo es una larva impresentable, un maleducado o si la última vez que cambiaron un pañal fue en la primera mitad del siglo pasado. Hacer primero algo te hace mejor que el resto. Y punto. Con frases como “esto se hace así” porque “siempre se hizo así”, sienten la ancestral necesidad de compartir sus saberes con el Universo. Todo el Universo.

Esta semana fue el colecho. Bastó que una famosa argentina subiera a Twitter una foto durmiendo en la misma cama que sus hijos para que todo el mundo sacara una diplomatura en sueño infantil. De un lado, las voces que repiten y repiten que es un “horror” y que “puede afectar a esos niños” en tono de estar diciendo un axioma indebatible. Del otro, los que “la defienden” citando libros de historia sobre culturas milenarias en las que madres e hijos comparten la cama. Cientos y cientos de directores técnicos de la maternidad asegurando a quién quiera escucharnos, y a quién no lo quiera, cómo debe hacer algo alguien a quien no conocimos jamás.

Y a mi todo eso me hacer acordar a una sola cosa. El artefacto que usaban en Hombres de Negro (o Men in Black) para borrarle la memoria a la gente que veía extraterrestres. Un cilindro metálico, en realidad llamado Neuralizador, que al presionarlo prendía una luz que hacía que quien lo mirase olvidara por completo lo que había ocurrido minutos antes. Eso, lo mismo, parece que nos pasa a todas las que hemos tenido que escuchar en silencio los consejos que no pedimos y las opiniones que no nos interesan desde el primer minuto en que empezamos a ser madres de alguien. Pero si hemos odiado cada uno de esos momentos hasta fantasear con el asesinato de quien dice saber todo sobre lo que estamos haciendo, entonces ¿por qué?

¿Qué nos pasa? ¿Por qué insistimos en creer que somos las dueñas de una verdad que no creímos que el resto tuviera? ¿Por qué nos comportamos como un ejército de exfumadoras acosando a las otras sin recordar el pasado? ¿Que tal si hacemos silencio?

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