Como un monito molesto que vive en tu hombro

Si sos madre, la conocés. Como en la canción de Sting, ella vive en cada una de tus respiraciones, en cada uno de tus pasos. Suena horrible, y es peor. Es peor porque, te acostumbrás a vivir con ella. A tenerla subida en un hombro como un monito tierno que juega con tu pelo.

Y vos que no tenés hijos. Ya sé lo que estás pensando. Lo que pensás cuando ves a una de nosotras hacer un comentario: Que cuando a vos te toque ser la mamá de alguien, no te va a pasar. Pero, te equivocás.

Viene a quedarse. Entra despacio y tiene paciencia. Espera agazapada, detrás de una sonrisa o de un gesto tierno. Pero, no te engañes, está ahí. Esperando. Buscando el momento correcto.

Domingo, 8:30 AM.

Vos te estás lavando los dientes mientras él, de piyama, te mira -mientras relojea los dibujitos en la TV- desde la cama grande. “Mamá”, dice con ese tono que ya aprendiste a reconocer. Ese tono que indica que lo que va a decir le está dando vueltas en su pequeña cabeza desde hace largo rato.

-¿Si? ¿Que pasó?

-Mamá, ¿hoy no te vas a ningún lado?

Y ahí está, en ocho palabras. La forma exacta de la culpa materna.

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