Mi vida en 4 grupos de Whatsapp

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Las “mamis” de la “escuelita”. Un mundo en el que todo es en diminutivo, feliz y lleno de buenos deseos. Una carrera por ver cuántos emoticones tiernos podés meter en una misma frase, cuánto rato podés dejar apretada la misma letra (Ayyyyyyyyyy queeeeeeee lindoooooooooooo) y cuán ocurrente fue el comentario de tu crío sobre algo que le dijo un compañero. Un Universo en el que es normal dejar diez minutos el teléfono y al volver tener dos kilómetros de mensajes de audio con “saluditos” para el que faltó porque tenía hora para el control médico.

Un mundo en el que parece que el único riesgo que corrés es morir de un coma diabético. Pero ojo, nada es lo que parece… La calma solo dura hasta que, sin aviso, alguien entra y deja la bomba ahí en el medio.

“¡Hola chicas! Saben que Paquito tiene los coditos y las orejitas brotaditas. Dice el médico que no es nada pero yo quería avisarles que no va a ir a la escuelita por un mes y medio…” Y el pánico estalla.

Como un mecanismo que despierta, como un monstruo que parece muy tierno porque estaba durmiendo. Una mano y un ojo siguen en Whatsapp. La otra mano tironea del niño intentando subirle y bajarle la ropa buscando algo que nos quite el aliento. “¿Esto es un grano o es una mancha de crayola? ¿Lo que tenés acá atrás de la oreja cómo te lo hiciste? ¡Contestáme te digo!” Mientras, la mano sigue escribiendo: “No es nada, seguro mañana se mejora!!!!!!!!!!”, “Dice Brunita que le manda besitos y abracitos para que se mejore prontito”.

El almuerzo dominguero 3.0. Me acuerdo como si fuera hoy. Fue hace un año, 9 meses y 3 días. Empezó discretamente. No me resistí porque siempre pensé que iba a ser pasajero. “Para comprarle el regalo a la vieja”, me dijo mi hermano. Y lo creó. Pasó el cumpleaños de mamá y alguien la metió en el grupo. Y ahí seguimos estando.

Mi hermano, mi padre y mi marido debaten sobre si tiene la culpa Forlán, Bengoechea o ninguno de los dos; mientras mi madre y mi cuñada arreglan para juntarse a almorzar o comentan conversaciones que empezaron por teléfono. ¿Qué podría tener de malo? Si no hay nada más hermoso que despertar presa del pánico con el ruido de las 36 fotos que tu padre está mandando mientras pasea por la Muralla China…

Las chicas. Vamos a dejar de mentir. Hay dos cosas que hacemos las mujeres en los grupos de Whastapp. La primera es prometer compulsivamente que “Esta semana si que sale una cena/té/salida todas juntas”. Y nada nos gusta más que pensar que la razón por la que nunca pasa es lo difícil que es sincronizar la agenda de cinco mujeres que trabajan, tienen hijos, una casa y encima se supone que vayan a dar pena al gimnasio cada tanto. Pero no es cierto.

La verdad es más simple y es parte de esa otra cosa que hacemos en Whatsapp. Hablar mal de todos ustedes. Y Whatsapp nos ha dado el mejor regalo de todos. Ahora podemos sacarle una foto a la ridícula de la cola del súper que está vestida como si fuera a una fiesta un domingo 10 AM, o sacarle una captura al Facebook de la ex de nuestro actual para opinar con saña sobre sus comentarios. Y entonces, ¿para qué nos vamos a vestir, peinar y salir? ¿Para qué si podemos hacer lo que más nos gusta en el living de casa y encima con el pijama puesto?

El de los muchachos. Pero en este grupo vos no estás podrán decirme ustedes. Y sí, es verdad. Pero les aseguro que si hay uno de estos grupos que es parte de mi vida, es este. Está en cada una de las carcajadas de mi marido en la mitad de un cumpleaños familiar y en su silencio prolongado mientras mira fijamente un “educativo video” sobre el apareamiento, de algo que seguro no son dos ballenas. Y cuando la lectura de esa última novela que me compré o la serie que estoy mirando, es interrumpido a fuerza de codazos para que escuche sí o sí “ese chiste buenísimo que el gordo tiró recién”. Es que el grupo de Whatsapp de los muchachos, es como Olmedo o los Tres Chiflados. No es que tengamos mala voluntad, es que no nos hace gracia.

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