A veces el infierno…

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A veces no vas al infierno.

A veces el infierno te visita a vos.

A veces el infierno es una llamada de teléfono y una voz del otro lado que te dice que “le pasa algo raro”.

A veces el infierno es estar lejos; no saber que quiere decir “algo raro”.

A veces el infierno tiene el sonido de la sirena de una ambulancia.

A veces el infierno es estar con él pero sin él.

A veces el infierno son 90 minutos en los que el tiempo no pasa.

A veces el infierno es miedo porque este infierno no se acaba.

A veces el infierno es una sala de emergencias, 3 médicos y sus ojos abiertos sin que él esté en su mirada.

A veces el infierno se llama convulsión, intoxicación o “no sabemos qué le pasa”.

Pero, a veces, el infierno tiene puerta de salida, y solo a veces, un grito, el suyo, te rescata.

A veces la paz viene en los envases más extraños. Una frase. Una frase pronunciada a las once de la noche de un sábado de Carnaval. Once palabras que salen de los labios de un niño que aún no tiene 3 años.

Sentado, comiendo en la cama de un CTI en la madrugada, te mira y dice: “Mamá, ¿Viste que si mastico el helado, se transforma en agua?”.

Las madres de Facebook, un ejército que acecha

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Por qué Facebook se ha convertido en el lugar preferido para la mayoría de las madres del mundo es una pregunta para especialistas. Pero la verdad es esa. Ahí no somos las mismas. Tengo cuenta en casi todas las redes sociales (algunas con la sola intención de saber con qué lógica funcionan) y en la mayoría parezco una persona normal.

Pero en Facebook no. En ese lugar, soy más madre que nunca. Y soy más madre que en ningún otro lugar.

Por eso, este es un homenaje para los que todavía no cerraron sus cuentas. A los que invadimos diariamente, y a los que ya nos bloquearon, les digo: esto es para ustedes. Porque aunque no queramos reconocerlo, ser madre y tener Facebook es, al menos por un rato, ser una de ellas…

La ventrílocua. Hay varios estadios distintos de este tipo de madre. El grado 1 sería la que pone de foto de perfil, la foto de sus hijos. Esta práctica en apariencia inocente produce un extraño fenómeno. Cuando lees sus posteos o comentarios tenés la sensación de que hablás con una especie de Chirolita 3.0. Un bebé dulce y risueño que tiene la voz de una mujer de 40 años y habla sobre política, economía o accidentes de tránsito. Tiene un estadio extremo, raro pero existente, y es la que tiene todo el perfil con el nombre de su hijo.

La excesiva audiovisual. Es la versión redes sociales de la parienta pesada con la que nadie se quiere sentar en los cumpleaños. Con ella todo es mucho y todos los días. Se va de vacaciones y publica álbumes enteros llenos de fotos de sus hijos, la mayoría muy poco memorables para cualquiera que no sea de su familia. El resto del año secuestra tu Facebook subiendo artículos sobre maternidad que tienen diez años, fotitos de bebés desconocidos con frases lacrimógenas o todo video alusivo a la tarea que haya en la red (desde avisos de IKEA hasta charlas de piscólogos y tutoriales sobre como amamantar correctamente).

La monotemática dispersa. Publica poco, más bien nunca. Es de las que te dicen que entra “al Facebook para ver las fotos”. Pero no te engañes. Cuando publica tiene un solo tema: la maternidad. Solo publica sobre eso. Es la versión humana de los programas de Fox Life sobre bebés. Habla de libros (para niños), de restaurantes (para llevar niños), de comida y nutrición (para niños), de artículos periodísticos (sobre bebés y niños), de moda (para niños) y así hasta el infinito (y más allá…).

La Ingalls de redes sociales. A esta lo que le interesa es dejar claro que ella es la mejor madre del mundo y que sus hijos son perfectos. Sus fotos son de catálogo, los videos están editados en Premiere y la casa que aparece en las fotos es de revista de decoración. Nunca le pasa nada malo. Jamás quiere matar al marido porque otra vez se encontró sola en el baño sin papel higiénico en el rollo y sus hijos siempre son los mejores y los más prolijos.

La fundamentalista de las redes. No publica fotos de sus hijos. Y si lo hace, siempre son partes del cuerpo aisladas o lejanas imágenes fuera de foco. Prohíbe a los miembros de su familia y a sus amigos subir cualquier cosa sin su expresa autorización. Da largas y teóricas explicaciones sobre los motivos de esa decisión criticando con ojos de horror “el espantoso exhibicionismo de la gente”. Pero en la mayoría de los casos suele ser una enfermedad pasajera. Como un tsunami que la arrasa de adentro hacia afuera, un día no puede aguantar más y publica, publica y publica…

Tabárez, el colecho y el Neuralizador de Men in Black…

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Si hay alguien que me entiende es el Maestro Tabárez. Mi vida es igual a la suya. Igual, pero multiplicada por 20.

Todas las mujeres del mundo, y varios hombres, creen que saben cómo tenés que hacer las cosas. Así como yo me animo a reclamarle al DT que cite a Fulano cuando no tengo idea de qué es un doble cinco, la mayoría de la población cree que sabe como hacer mejor que vos el trabajo de criar a tus hijos.

Algunas mujeres se permiten (nos permitimos) ese tipo de apreciaciones sobre la base de haber tenido un hermanito o sobrino, ser psicólogas infantiles, médicas pediatras o simplemente por haberlo leído en algún lado. Pero la mayoría se sostienen sobre la base de un único argumento: ellas lo hicieron y lo hicieron primero.

No importa si su hijo es una larva impresentable, un maleducado o si la última vez que cambiaron un pañal fue en la primera mitad del siglo pasado. Hacer primero algo te hace mejor que el resto. Y punto. Con frases como “esto se hace así” porque “siempre se hizo así”, sienten la ancestral necesidad de compartir sus saberes con el Universo. Todo el Universo.

Esta semana fue el colecho. Bastó que una famosa argentina subiera a Twitter una foto durmiendo en la misma cama que sus hijos para que todo el mundo sacara una diplomatura en sueño infantil. De un lado, las voces que repiten y repiten que es un “horror” y que “puede afectar a esos niños” en tono de estar diciendo un axioma indebatible. Del otro, los que “la defienden” citando libros de historia sobre culturas milenarias en las que madres e hijos comparten la cama. Cientos y cientos de directores técnicos de la maternidad asegurando a quién quiera escucharnos, y a quién no lo quiera, cómo debe hacer algo alguien a quien no conocimos jamás.

Y a mi todo eso me hacer acordar a una sola cosa. El artefacto que usaban en Hombres de Negro (o Men in Black) para borrarle la memoria a la gente que veía extraterrestres. Un cilindro metálico, en realidad llamado Neuralizador, que al presionarlo prendía una luz que hacía que quien lo mirase olvidara por completo lo que había ocurrido minutos antes. Eso, lo mismo, parece que nos pasa a todas las que hemos tenido que escuchar en silencio los consejos que no pedimos y las opiniones que no nos interesan desde el primer minuto en que empezamos a ser madres de alguien. Pero si hemos odiado cada uno de esos momentos hasta fantasear con el asesinato de quien dice saber todo sobre lo que estamos haciendo, entonces ¿por qué?

¿Qué nos pasa? ¿Por qué insistimos en creer que somos las dueñas de una verdad que no creímos que el resto tuviera? ¿Por qué nos comportamos como un ejército de exfumadoras acosando a las otras sin recordar el pasado? ¿Que tal si hacemos silencio?

Mamá Jeckyll y la señora Hyde

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Mentí todo lo que quieras. La verdad es que tarde o temprano en algún momento caés en la trampa. Y aunque sea por un rato, la maternidad se te transforma en la gerencia de una empresa, llena de proyectos, objetivos e indicadores. Todas alguna vez compramos la idea de que cuando la primera mujer en la historia decidió tener un hijo, alguien escribió una lista de tareas y las fechas en las que hay que cumplirlas. Y no en papel, en piedra.

Por eso ahora, todas y cada una de nosotras escucha en algún momento una voz que le pregunta por qué el hijo de la mejor amiga camina con 17 meses, mientras el suyo gatea. ¿Por qué esa nena que ves en Facebook tiene un año y medio y está sentada en la pelela, mientras el tuyo tiene más de 2 y se niega a sacarse los pañales? ¿Cómo es que ese nene que vimos en el súper parece que se hubiera tragado un diccionario mientras el mío sigue usando tres palabras sueltas? ¿La vecina lee con 4 años y medio, pero tu hija sigue mirando a Peppa? ¿El tuyo de 13 tiene un compañero al que llamaron de Google para una pasantía? ¿Vos viste como pronuncia en inglés la sobrina de tu cuñada?

No importa cuán relajada seas, cuántos libros leas, cuántos especialistas consultes. No importa incluso si sos pediatra o psicóloga infantil. No importa si esto que estás leyendo te animás a decírselo a tus amigas o estás dispuesta a negarlo bajo la peor de las torturas. En algún momento te agarra con la guardia baja. Una voz que viene de muy adentro. Una voz bajita, que aunque subas la música o finjas que no la oís, se las arregla para que la entiendas claramente. ¿Qué hiciste mal? ¿Sos vos el problema?  ¿Fue algo que comiste? ¿Fue la copita de vino que te tomaste en la octava semana sin saber todavía? No, seguro es porque trabajás más que las otras. O, ¿será que no lo estimulás lo suficiente? ¿Será que le compraste una tableta? 

Ser madre, al menos para mí, es estar siempre entre dos impulsos. No saber si reírte o llorar cuando te muestra orgulloso su último dibujo, ¡qué hizo en la pared del living con marcador indeleble! Es no saber si querés matarlo o abrazarlo cuando tira un vaso lleno de jugo arriba del sofá porque quiere saber “si se hace charquito”… Y dejarlo cruzar solo la calle, mientras te apretás las manos en la espalda muerta de miedo…

Es tener todo el día en la cabeza dos voces que hablan y te dicen cosas opuestas. Estar convencida de algo de lo que estás dudando sin parar. Estar segura, y en ese instante idéntico, sentir que te morís de miedo. Como vivir 24 horas al día en la versión femenina y hormonal del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. ¿Será que escribir este blog me está enloqueciendo?

 

Los tres deseos de una madre en vacaciones

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Que no llueva. No hay piloto de avión ni capitán de buque que consulte más el estado del tiempo que una madre en vacaciones. Nos instalamos tres apps distintas en el celular y cuando dicen que el mundo se vendrá abajo durante tres días, las consultamos compulsivamente. Confundiendo deseo y realidad, abrimos The Weather Channel, Accuweather y la página de Meteorología cada cinco minutos y calibramos los porcentajes de humedad para tratar de desmentir a los meteorólogos: “Total, la mitad de las veces le erran”.

Diluvia, y somos cinco en un rancho de dos metros por dos metros con entrepiso. Ya vimos todas las películas que llevamos, los juegos que descargamos y usamos todo el paquete de internet movil que teniamos para el mes entero. Se acabaron las hojas de dibujo, los juegos de caja ya los jugamos y las cartas se gastaron de tanto tocarlas. Mientras vos estás considerando encerrarte en el baño para no volver a salir, uno de tus hijos y su amiguito saltan en el sofá como si fuera colchón inflable y los otros dos se agarran de los pelos. De golpe, un alarido te saca de tu delirio, el grito de tu marido: “Saliooooooooooooó el sooooooool”. Volvió la alegría.

Que duerma la siesta. Cada día es una nueva lucha por conseguir dos horas para leer el libro que te llevaste. Estás a punto de construír un altar para rezarle al santo de la siesta, aunque no estés segura de que exista. Peregrinás a la playa cada mañana rogando que correr por la arena los canse lo suficiente. Cada día planeas tu estrategia como si fueras a robar un banco, pero lo único que querés es que te den 120 minutos de paz para ir al baño sin que te pateen la puerta y te griten que no encuentran algo. ¿A qué era que se parecía el silencio?

Que algún día se terminen. Aunque algunas no lo confiesen, en el minuto en el que empieza a armar las mochilas, toda madre secretamente anhela el final de las vacaciones. Aunque los ames con locura, pases precioso y los veas disfrutar como locos en la playa, la idea de que esa sea tu vida los 365 días del año te da ganas de comerte vos la arena. Salvo que seas la hija de Donald Trump, la mayoría de nosotros veranea en lugares diminutos porque, total, “vas a estar siempre afuera”. Camas en la mitad del living, tener que rezongar hijos ajenos y todo, pero todo, lleno de arena.

Es que desde el primer pujo, estar de vacaciones es pedir al menos una vez por día en silencio, que desaparezcan como la arena.

 

5 madres de Navidad y Reyes que siempre odiaremos

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La previsora. Siempre creí que es un animal mitológico, una creación de la ciencia ficción. Pero aunque sean un modelo imposible de alcanzar para mí -como las mujeres que trabajan, tienen hijos, y las piernas depiladas- ellas existen. Existen y compran los regalos de Navidad, y Reyes, en abril, mayo y junio (julio y setiembre no por las vacaciones, agosto tampoco para evitar las aglomeraciones por el día del niño), octubre y primeros días de noviembre. Los compran por Internet y los reciben con tiempo o en el shopping cuando están de oferta.

Los envuelven incluso y no te lo restriegan en la cara. No hace falta. Su aspecto relajado y fresco mientras nosotras tironeamos con otra por la última piscina con los Angry Brids, lo dice todo.

La artesana anticonsumo. Ella a sus hijos no les da regalos comprados. Nombrar a Papá Noel en su casa está prohibido. Es un invento del marketing oportunista que solo busca hacernos gastar en plásticos que invariablemente contaminarán el Planeta. Sus hijos reciben galletitas caseras, almohadones con mandalas y flores para el pelo. Hay también versiones más leves de esta misma especie, que solo compran lápices y hojas de dibujo, libros infantiles, ropa de 100% algodón o libretas de papel reciclado.

Si tenés la suerte de tener a una de estas en tu vida, recibirás de regalo navideño una hermosa mirada de reprobación con cada camión a pilas o triciclo de colores que salga de adentro de los paquetes monstruosos que abren tus hijos mientras gritan enajenados.

La estresada permanente. Esta es la némesis de la previsora. Es 24 de diciembre a las 11 de la mañana y no compró nada. Te llama por teléfono para pedirte favores insólitos (que le recojas en la otra punta de Montevideo un paquete que sale un metro para afuera de la ventana del auto o le pidas a una amiga que fabrica muebles que le haga una mesa y dos sillitas para las diez de la noche) y se ofende si le decís que no podés o estás ocupada.

Llega tarde la cena navideña cargando un paquete imposible de disimular o pone los regalos de Reyes a las corridas y haciendo tanto ruido que despierta no solo a sus hijos sino a todos los niños de la cuadra.

La redactora de listas. Todos los años ella hace una lista de los regalos que deben recibir sus hijos y los reparte minuciosamente entre todos los miembros de su familia. Hasta ahí todo muy civilizado. El problema es que poco le importa el precio (exhorbitante) de lo que te está asignando, que solo se consigue en una tienda a 50 kilómetros de Montevideo o que no aceptan tarjeta de crédito.

Si comprás algo que no es exactamente lo que te pidió (forma, color, peso y marca) te mira como si a su hijo le estuvieras regalando veneno. Y lo peor de todo, es que en la lista del año siguiente, vendrá su venganza.

La moderna cool. Ella es moderna y estimula a sus hijos para que se desarrollen. Tienen 6 años y ya saben que “Papá Noel son papá, mamá y los abuelos”. Y aman contarle la buena nueva a todos sus primos, sobrinos, amigos sin que su madre sienta ni por un minuto la necesidad de preguntarte a vos si te parece buena idea que tu hijo se entere de que sus padres le mienten en la cara, una Nochebuena a las 11 de la noche.

Cuando ya estás por matarla, te mira con cara de “moderna cool” y sonriendo te dice: “No seas amargada, ¿no es hermoso compartir conocimiento?”

Si Facebook fuera verde…

Pensá que estás en Facebook. Pero no es azul. Y solo hay mujeres.

Pensá que es como Facebook pero no tiene juegos. Tiene fotos sí, pero son solo de niños. Niños felices, niños juntos, niños separados, niños sonriendo, niños gritando, niños jugando, niños saludando, niños llorando, niños aprendiendo, niños bailando…

Como Facebook, tiene videos. Videos, también, de niños. Videos emotivos, cargados de mensajes, videos de buenas intenciones, de momentos maravillosos. Videos llenos de inocencia y amor. Y, llenos de niños.

Como Facebook, a veces hay links. No muchos, pero a veces hay. Van a videos que, otra vez, son de niños. Otros van a artículos, sobre niños, vivir con niños, criar niños, hacer mejores niños, hacer más felices a los mejores niños y ser feliz con la felicidad de los niños que son mejores niños.

Es como Facebook. Pero acá, vos no sos la pesada que habla de su hijo y las gracias que hace. Acá todas hablan. Y todas tienen gracias nuevas para contar, comentarios y consejos para dar y colectas para el regalo de la maestra para hacer.

Es como Facebook pero es más difícil evitar que te avise con ruidos si alguien dice algo nuevo, pone una foto o interjecta con un importado awwwwww.

¿Quién hubiera dicho que el infierno existiría en esta Tierra? ¿Quién hubiera pensado que el infierno estaría en un teléfono lleno de mamás? ¿Quién hubiera dicho que el infierno sería una app de color verde llamada Whatsapp?

La escuela está hecha de kriptonita

Yo tengo un antipoder. Una especie de discapacidad. Así como algunos tienen superpoderes, yo tengo lo mismo pero al revés. Hay lugares cuyas reglas no entiendo. Como si esos sitios fueran construcciones hechas de kriptonita, soy absolutamente incapaz de entender cómo la gente se vincula y funciona adentro de ellos. Me vuelvo un flan humano que no sabe qué decir y qué hacer, mientras a mi alrededor todas fluyen como flotando, como si hubieran nacido sabiendo.

Uno de esos lugares es la peluquería. ¿Se supone que aunque sea la primera vez que voy ya les tengo que dar un beso una por una a las peluqueras? En caso de que la respuesta sea negativa, ¿cuántas son las veces que hay que ir para tener que empezar a saludar con beso? ¿Dónde entregan las Gente y Caras de esta semana? ¿Por qué a mi siempre me tocan las viejas, esas donde la gente que aparece junta ya está separada y la que sonríe ya está muerta? ¿Por qué a mi no me ofrecen el shampoo especial que tienen en la vitrina de vidrio? ¿Cuál es la diferencia entre brushing soplado y brushing común? ¿Cómo le digo que me está quemando las orejas?

En los gimnasios me pasa algo parecido. Fui un año entero antes de enterarme que el montón del que agarraba mi colchoneta era el de las usadas. Ni siquiera sabía que existía una pila para las colchonetas limpias. Y nadie me dijo. No entiendo cómo una que entró dos meses después que yo, habla con la profesora como si la conociera de toda la vida. ¿Hay clases para saber cómo comportarse en un gimnasio y, como con las colchonetas, nadie me está diciendo dónde es? ¿Por qué yo soy la única que transpira y se pone roja?

Este antípoder ha sido mi karma desde siempre. Pero ahora se puso peor. Mucho peor. Ahora es la escuela de mi hijo la que está llena de kriptonita.

No tengo idea cómo es que se hicieron todas tan amigas. No sé cómo funcionan los grupos de Whatsapp. Menos idea tenía que tenía que tener opinión formada acerca de la mejor manera para hacerle un regalo a la maestra. ¿Tenemos algo más en común que haber parido el mismo año y vivir en el mismo barrio?

Al principio pensé que era porque yo no voy (casi) nunca. Pero me di cuenta que no era eso. Después pensé en la escena de Tierra de Osos, donde la chamana le da a la protagonista la habilidad para entender lo que hablan los animales. Es eso, pensé. Eso, pero al revés.

En la escuela, se cumplen las reglas de la escuela. Aún, cuando la que va no sos vos, son tus hijos. Entrás y otra vez aplican las mismas reglas. Están las madres populares, onderas, progres, relajadas. Y estás vos. La de los pelos parados, que llega corriendo porque salió de trabajar a la misma hora en que sonó el timbre en la otra punta del liceo. Están las que tienen 4 hijos y un trabajo, se levantan a las 6 AM y a las 16 siguen impecables, como en animación suspendida. Y estoy yo, que parezco un pato mojado a las 9 de la mañana.

Están ellas en el Día de la Familia, charlando animadas. Están las otras, las descontracturadas que ni siquiera fueron porque les daba fiaca. Y estoy yo, que no pensé que faltar fuera una posibilidad, y encima fui con mis padres y mis suegros.

Y es que aunque finja que no lo sé, como un tsunami venido desde Kriptón, rejuvenezco de la peor de las maneras. Y ahí, adelante mío tengo la respuesta: En la escuela de mi hijo, yo soy la mamá nerda.

Un viaje en el tiempo

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Él tenía dos meses. Apenas dos meses, cuando me fui a trabajar por primera vez. Y ese día terminé de graduarme de cliché.

Lloré mientras me ordeñaba para dejarle su mema. Mientras caminaba las dos cuadras hasta la parada del ómnibus. Y lloré todo el trayecto hasta mi trabajo. Escondida en el último asiento y tratando de llorar sin ruido. Como una amputada, sentí que mi brazo, mi pierna, mi pecho, se quedaban con él, en la otra punta de Montevideo.

Y lo mismo los cuatro días que siguieron. Ahora, dos años y medio más tarde, a veces subo al ómnibus y las ganas de llorar, vuelven. Aunque algo cambió, es el ómnibus de vuelta….

Esta semana el ómnibus que me tomé, era una avión e iba mucho más lejos. Cuatro días y sus respectivas noches. Sola, sin ellos.

Y me subí al avión con una presión en el pecho. Como si el Pepe Grillo de las madres se hubiera sentado sobre mi diafragma. No olvides, decía sin decirlo.

Pero bajé del avión y algo cambió. Como los zapatos que te sacás al final del casamiento, el dolor fue primero más fuerte y después, desapareció de repente.

Lo que me llevó a Perú no era un ómnibus, pero tampoco un avión. Era una máquina del tiempo. Ahí me encontré con mi alter ego. Mi yo del pasado, la sin hijos. Y estuvo bueno.

Ahí estaba yo, tranquila, sin culpa, sin miedo. Paseando por una ciudad hermosa, comiendo, aprendiendo.

Hasta que un sonido, un sonido que comenzó tímido y lejano, y se expandió como una fuerza arrasadora y me sacó del ensueño. Un llanto. El llanto de un niño que no era el mío, me trajo de vuelta a Montevideo.

Los secretos más oscuros

Dejémonos de mentiras. Basta. Seguro no estamos solos. Es cuestión de respirar hondo y dejarlo salir en la exhalación. La verdad nos hará libres, estoy segura que leí esa frase en algún lado. No se preocupen, voy yo primero…

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A continuación la lista de cosas asquerosas que la maternidad me ha regalado:

¿Que gusto tendrá? La pregunta parece obvia, inocente. Incluso tiene lógica preguntarse por qué le daríamos a él algo cuyo gusto ignoramos por completo. Sin embargo, al probarla nos damos cuenta. No fue una buena idea. Por algo es, que la del café con leche sale de alguien llamada Vaca.

– Comida masticada. Estás ahí, parada en el medio de un cumpleaños/plaza/playa/etc. y no ves un basurero cerca. Él abre su boca, saca una galletita a medio masticar, la suelta sobre su mano y te la entrega para que vos te ocupes de ella. Vos mirás para todos lados y te quedan dos opciones, pero llevás años despotricando contra los que tiran mugre al suelo. Abrís la boca y te lo comés. Como dicen en las películas de asesinos, la peor es la primera vez.

– Mocos. No importa cuántos lleves, en algún momento los pañuelos se acaban. Y, como diría Murphy, se acaban exactamente 30 segundos antes de que él se pase la mano por la cara y un monstruo verde emerja de sus narices. Revolvés la cartera, buscás por todos lados, mientras el tipo tironea de tu mano intentando irse. Es un segundo. Un segundo, y el monstruo verde está, ahora, en tu mano…

Más mocos. No hay nada más hermoso en esta vida que hacerlo sentir mejor. Pero nadie te explica que a veces, “hacerlo sentir mejor”, implica chupar un tubo plástico cuyo otro extremo está metido dentro de su nariz. Me encantaría que alguien me dijera si hay una razón médica que explique por qué el tubo tiene que ser transparente y darme la primera fila en “El camino del moco”.

– Roadtrip al infierno. Estás de vacaciones y llueve. Tanto saltó, gritó y tiró cosas al suelo, que ir a pasar el día al Chuy empieza a parecerte idéntico a caminar por una calle de París. Estás en el medio de la ruta, nada más que pasto y un árbol cada dos kilómetros, cuando escuchás un sonido inconfundible. Inmediatamente después, el aroma te saca de la duda y te das vuelta temblando. Está ahí, aliviado, riendo. Cubierto, de pies a cabeza, con su almuerzo. Lo único que podrá defenderte es un paquete empezado de toallas húmedas. Roadtrip al infierno.

– Caca en la cara. ¿Quién puede decir que nunca abrió un pañal y fue invadido por litros de una especie de mancha voraz que avanza y cubre todo a su paso? ¿Quién puede decir que después de eso no sintió un insoportable picor en alguna parte de su cara que instintivamente intentó rascarse? Lo demás, historia conocida.

– Desayuno de campeones. Era sábado, cerca de las ocho de la mañana. Un grito desesperado me sacó, como un piñazo, de mi sueño plácido: “¡¿Tengo mierda en la espalda?! ¡Decime por favor que no tengo mierda en la espalda!” Mientras su padre gritaba, enajenado, él jugaba como si fuera plasticina, en el medio de la cama…