Tabárez, el colecho y el Neuralizador de Men in Black…

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Si hay alguien que me entiende es el Maestro Tabárez. Mi vida es igual a la suya. Igual, pero multiplicada por 20.

Todas las mujeres del mundo, y varios hombres, creen que saben cómo tenés que hacer las cosas. Así como yo me animo a reclamarle al DT que cite a Fulano cuando no tengo idea de qué es un doble cinco, la mayoría de la población cree que sabe como hacer mejor que vos el trabajo de criar a tus hijos.

Algunas mujeres se permiten (nos permitimos) ese tipo de apreciaciones sobre la base de haber tenido un hermanito o sobrino, ser psicólogas infantiles, médicas pediatras o simplemente por haberlo leído en algún lado. Pero la mayoría se sostienen sobre la base de un único argumento: ellas lo hicieron y lo hicieron primero.

No importa si su hijo es una larva impresentable, un maleducado o si la última vez que cambiaron un pañal fue en la primera mitad del siglo pasado. Hacer primero algo te hace mejor que el resto. Y punto. Con frases como “esto se hace así” porque “siempre se hizo así”, sienten la ancestral necesidad de compartir sus saberes con el Universo. Todo el Universo.

Esta semana fue el colecho. Bastó que una famosa argentina subiera a Twitter una foto durmiendo en la misma cama que sus hijos para que todo el mundo sacara una diplomatura en sueño infantil. De un lado, las voces que repiten y repiten que es un “horror” y que “puede afectar a esos niños” en tono de estar diciendo un axioma indebatible. Del otro, los que “la defienden” citando libros de historia sobre culturas milenarias en las que madres e hijos comparten la cama. Cientos y cientos de directores técnicos de la maternidad asegurando a quién quiera escucharnos, y a quién no lo quiera, cómo debe hacer algo alguien a quien no conocimos jamás.

Y a mi todo eso me hacer acordar a una sola cosa. El artefacto que usaban en Hombres de Negro (o Men in Black) para borrarle la memoria a la gente que veía extraterrestres. Un cilindro metálico, en realidad llamado Neuralizador, que al presionarlo prendía una luz que hacía que quien lo mirase olvidara por completo lo que había ocurrido minutos antes. Eso, lo mismo, parece que nos pasa a todas las que hemos tenido que escuchar en silencio los consejos que no pedimos y las opiniones que no nos interesan desde el primer minuto en que empezamos a ser madres de alguien. Pero si hemos odiado cada uno de esos momentos hasta fantasear con el asesinato de quien dice saber todo sobre lo que estamos haciendo, entonces ¿por qué?

¿Qué nos pasa? ¿Por qué insistimos en creer que somos las dueñas de una verdad que no creímos que el resto tuviera? ¿Por qué nos comportamos como un ejército de exfumadoras acosando a las otras sin recordar el pasado? ¿Que tal si hacemos silencio?

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Un viaje en el tiempo

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Él tenía dos meses. Apenas dos meses, cuando me fui a trabajar por primera vez. Y ese día terminé de graduarme de cliché.

Lloré mientras me ordeñaba para dejarle su mema. Mientras caminaba las dos cuadras hasta la parada del ómnibus. Y lloré todo el trayecto hasta mi trabajo. Escondida en el último asiento y tratando de llorar sin ruido. Como una amputada, sentí que mi brazo, mi pierna, mi pecho, se quedaban con él, en la otra punta de Montevideo.

Y lo mismo los cuatro días que siguieron. Ahora, dos años y medio más tarde, a veces subo al ómnibus y las ganas de llorar, vuelven. Aunque algo cambió, es el ómnibus de vuelta….

Esta semana el ómnibus que me tomé, era una avión e iba mucho más lejos. Cuatro días y sus respectivas noches. Sola, sin ellos.

Y me subí al avión con una presión en el pecho. Como si el Pepe Grillo de las madres se hubiera sentado sobre mi diafragma. No olvides, decía sin decirlo.

Pero bajé del avión y algo cambió. Como los zapatos que te sacás al final del casamiento, el dolor fue primero más fuerte y después, desapareció de repente.

Lo que me llevó a Perú no era un ómnibus, pero tampoco un avión. Era una máquina del tiempo. Ahí me encontré con mi alter ego. Mi yo del pasado, la sin hijos. Y estuvo bueno.

Ahí estaba yo, tranquila, sin culpa, sin miedo. Paseando por una ciudad hermosa, comiendo, aprendiendo.

Hasta que un sonido, un sonido que comenzó tímido y lejano, y se expandió como una fuerza arrasadora y me sacó del ensueño. Un llanto. El llanto de un niño que no era el mío, me trajo de vuelta a Montevideo.

Un sueño y una letra

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Cuando era niña tenía una obsesión que lo ocupaba todo. Un objetivo que aparecía en todos mis sueños, dormida y, también, despierta.

Todo lo que anhelaba en el mundo era una letra.

En mi escuela, y en muchas otras, al iniciar el año la profesora de canto nos hacia pararnos junto a ella y cantar una nota al compás de su piano. Segundos después pronunciaba una de dos letras: A y B. La A era la que recibían los dotados. Y yo, por supuesto, era B.

Todos los años soñaba, cada vez con menos esperanza, que ese verano hubiera operado en mi un cambio sorprendente. Pero el resultado siempre era el mismo. “Voz B”, decía y miraba por arriba de mi hombro buscando al siguiente.

Los años pasaron. La misma suerte corrí en el liceo. Me di cuenta que no sólo soy voz, también mi oído es B. Treinta años después sigo percatándome de que canto mal, sólo al ver el fracaso en la cara del que escucha.

Pero un día ocurrió el milagro. Mi voz empezó a sonar como la de un ángel. Vinieron los aplausos. Las felicitaciones. Mi auditorio nunca se cansaba de escucharme y una y otra vez pedían que siguiera interpretando.

Un día ocurrió el milagro y fui la mejor cantante. La más bella, la más buena, la más inteligente.

Ese día, un par de ojos me miraron como si yo supiera las respuestas a todas las preguntas, los caminos hacia todas las verdades. Los secretos detrás de todas las dudas.

Y ese fue el día. Ese fue. El día en que tuve más miedo.

Me confieso

Hice algo horrible. Necesito contarlo. Me está comiendo la culpa. No hablo de una pavada, no. Hablo de algo horrible. Algo espantoso para mi prontuario de madre. Porque una cosa es hacerte la canchera y un día “olvidarte” de bañarlo antes de meterse en la cama. O dejarlo que cene yogur con galletitas. Pero esto, esto es otra cosa. Algo espantoso, que no sabés como confesar.

Déjenme que les cuente. En realidad no es que haya hecho algo. El problema es lo que no hice. Algo de lo que debí ocuparme hace mucho tiempo. Algo que define mi pertenencia a una de las categorías más sagradas para mi. La de la madre progre. Porque si no soy una madre progre, ¿entonces qué soy?

Para mi es importante. Yo lo hago todos los días. Y la mayoría, lo odio. Pero me hace sentir humana, Y no tienen idea de las cantidad de discusiones que gano por semana invocando la experiencia vital que esto me ha dado. Lo que me ha hecho crecer como persona.

Porque podré reírme de las madres del jardín de infantes y tomarme para la risa que los paseos de las vacaciones de julio de mi hijo los seguí minuto a minuto por Whatsapp y Facebook. Pero tengo códigos. Y estas cosas no se hacen.

Por eso, hoy ante ustedes vengo a hacer una confesión. Y si las madres progres del mundo tienen un lugar en su corazón para mí, les pido por favor que me perdonen. Juro que lo enmendaré. Porque he pecado y he pecado grueso.

Mi hijo tiene más de dos años y jamás…jamás se subió a un ómnibus.

El cumpleaños interminable

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(a Adela Dubra, de cuyo libro escribiré en breve e inspiró mi regreso a este blog que no debí dejar nunca abandonado)

Es temático. Siempre. Hay una mesa, en el centro del salón, contra una pared. Sobre la mesa, una enorme torta con el personaje (o los personajes) de un dibujo que pasan en el cable. Del lado izquierdo, galletitas unidas a un palo y decoradas, otra vez, como el personaje que pasan en el cable. Del lado derecho cupcakes, idéntico personaje.

Es un salón. Hay animadores. Hablan en diminutivo y tienen voces agudas (extraña la relación entre la alegría y las soprano). Pelotero y pelotas, muchas pelotas. Juegos inflables. Litros de Coca Cola. Papitas, pildoritas, miniaturas de pollo. Niños que corren con la cara pintada.

Cerca del final, como marca el guión, se soplan velas. Primero con los padres. Foto. Los abuelos. Foto. Los tíos. Foto. Los primos. Foto. Amigos. Foto. Todos cantan. Foto. En español. Foto. En inglés. Foto. Sonríen. Y cantan. Foto. Foto. Foto.

“No te olvides de las sorpresitas”, dice ella mientras entrega camperas y vigila que nadie escape por la puerta. Es la hora escrita al final de la tarjeta. Esa sí, la del mismo personaje del programa que pasa el canal de cable.

Un cumpleaños. El que organizamos. Al que vamos de invitados. Una, dos, tres veces en cada fin de semana. Los mismos juegos, los mismos cantos, las mismas decoraciones. El mismo, interminable, cumpleaños.