Como un monito molesto que vive en tu hombro

Si sos madre, la conocés. Como en la canción de Sting, ella vive en cada una de tus respiraciones, en cada uno de tus pasos. Suena horrible, y es peor. Es peor porque, te acostumbrás a vivir con ella. A tenerla subida en un hombro como un monito tierno que juega con tu pelo.

Y vos que no tenés hijos. Ya sé lo que estás pensando. Lo que pensás cuando ves a una de nosotras hacer un comentario: Que cuando a vos te toque ser la mamá de alguien, no te va a pasar. Pero, te equivocás.

Viene a quedarse. Entra despacio y tiene paciencia. Espera agazapada, detrás de una sonrisa o de un gesto tierno. Pero, no te engañes, está ahí. Esperando. Buscando el momento correcto.

Domingo, 8:30 AM.

Vos te estás lavando los dientes mientras él, de piyama, te mira -mientras relojea los dibujitos en la TV- desde la cama grande. “Mamá”, dice con ese tono que ya aprendiste a reconocer. Ese tono que indica que lo que va a decir le está dando vueltas en su pequeña cabeza desde hace largo rato.

-¿Si? ¿Que pasó?

-Mamá, ¿hoy no te vas a ningún lado?

Y ahí está, en ocho palabras. La forma exacta de la culpa materna.

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Me confieso

Hice algo horrible. Necesito contarlo. Me está comiendo la culpa. No hablo de una pavada, no. Hablo de algo horrible. Algo espantoso para mi prontuario de madre. Porque una cosa es hacerte la canchera y un día “olvidarte” de bañarlo antes de meterse en la cama. O dejarlo que cene yogur con galletitas. Pero esto, esto es otra cosa. Algo espantoso, que no sabés como confesar.

Déjenme que les cuente. En realidad no es que haya hecho algo. El problema es lo que no hice. Algo de lo que debí ocuparme hace mucho tiempo. Algo que define mi pertenencia a una de las categorías más sagradas para mi. La de la madre progre. Porque si no soy una madre progre, ¿entonces qué soy?

Para mi es importante. Yo lo hago todos los días. Y la mayoría, lo odio. Pero me hace sentir humana, Y no tienen idea de las cantidad de discusiones que gano por semana invocando la experiencia vital que esto me ha dado. Lo que me ha hecho crecer como persona.

Porque podré reírme de las madres del jardín de infantes y tomarme para la risa que los paseos de las vacaciones de julio de mi hijo los seguí minuto a minuto por Whatsapp y Facebook. Pero tengo códigos. Y estas cosas no se hacen.

Por eso, hoy ante ustedes vengo a hacer una confesión. Y si las madres progres del mundo tienen un lugar en su corazón para mí, les pido por favor que me perdonen. Juro que lo enmendaré. Porque he pecado y he pecado grueso.

Mi hijo tiene más de dos años y jamás…jamás se subió a un ómnibus.

El cumpleaños interminable

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(a Adela Dubra, de cuyo libro escribiré en breve e inspiró mi regreso a este blog que no debí dejar nunca abandonado)

Es temático. Siempre. Hay una mesa, en el centro del salón, contra una pared. Sobre la mesa, una enorme torta con el personaje (o los personajes) de un dibujo que pasan en el cable. Del lado izquierdo, galletitas unidas a un palo y decoradas, otra vez, como el personaje que pasan en el cable. Del lado derecho cupcakes, idéntico personaje.

Es un salón. Hay animadores. Hablan en diminutivo y tienen voces agudas (extraña la relación entre la alegría y las soprano). Pelotero y pelotas, muchas pelotas. Juegos inflables. Litros de Coca Cola. Papitas, pildoritas, miniaturas de pollo. Niños que corren con la cara pintada.

Cerca del final, como marca el guión, se soplan velas. Primero con los padres. Foto. Los abuelos. Foto. Los tíos. Foto. Los primos. Foto. Amigos. Foto. Todos cantan. Foto. En español. Foto. En inglés. Foto. Sonríen. Y cantan. Foto. Foto. Foto.

“No te olvides de las sorpresitas”, dice ella mientras entrega camperas y vigila que nadie escape por la puerta. Es la hora escrita al final de la tarjeta. Esa sí, la del mismo personaje del programa que pasa el canal de cable.

Un cumpleaños. El que organizamos. Al que vamos de invitados. Una, dos, tres veces en cada fin de semana. Los mismos juegos, los mismos cantos, las mismas decoraciones. El mismo, interminable, cumpleaños.