Me confieso

Hice algo horrible. Necesito contarlo. Me está comiendo la culpa. No hablo de una pavada, no. Hablo de algo horrible. Algo espantoso para mi prontuario de madre. Porque una cosa es hacerte la canchera y un día “olvidarte” de bañarlo antes de meterse en la cama. O dejarlo que cene yogur con galletitas. Pero esto, esto es otra cosa. Algo espantoso, que no sabés como confesar.

Déjenme que les cuente. En realidad no es que haya hecho algo. El problema es lo que no hice. Algo de lo que debí ocuparme hace mucho tiempo. Algo que define mi pertenencia a una de las categorías más sagradas para mi. La de la madre progre. Porque si no soy una madre progre, ¿entonces qué soy?

Para mi es importante. Yo lo hago todos los días. Y la mayoría, lo odio. Pero me hace sentir humana, Y no tienen idea de las cantidad de discusiones que gano por semana invocando la experiencia vital que esto me ha dado. Lo que me ha hecho crecer como persona.

Porque podré reírme de las madres del jardín de infantes y tomarme para la risa que los paseos de las vacaciones de julio de mi hijo los seguí minuto a minuto por Whatsapp y Facebook. Pero tengo códigos. Y estas cosas no se hacen.

Por eso, hoy ante ustedes vengo a hacer una confesión. Y si las madres progres del mundo tienen un lugar en su corazón para mí, les pido por favor que me perdonen. Juro que lo enmendaré. Porque he pecado y he pecado grueso.

Mi hijo tiene más de dos años y jamás…jamás se subió a un ómnibus.

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Yo, la peor de todas

La peor de todas. Esa de la que todos hablan cuando no está. Y cuando entra provoca una onda expansiva de murmullos. Esa que atrapa las miradas. La peor de las peores. Esa, sos vos. La madre que nunca pisa el jardín de infantes.

Tengo un trabajo de 8 a 16, sábados incluidos. Mi hijo entra al jardín a las 8 AM en la otra punta de Montevideo. Por eso, soy la madre que nadie conoce. Llegué tarde el día de la familia. La maestra me vio dos veces en un año y la mayoría de las madres, ninguna. Soy un fantasma. Una firma en el cuaderno viajero, un muffin en el tupper de la merienda.

Pero se pone peor. Al jardín lo lleva su padre.

Todas saben cómo se llama. Él sabe cómo se llaman todas. Me las presenta cuando nos las cruzamos en la feria o en el súper de la esquina de casa. Todas lo aman. Suspiran y lo aman.

Pero no suspiran porque sea Brad Pitt (¡te quiero mucho mi amor!). Suspiran porque es “el padre” que lleva a su hijo todos los días al jardín de infantes.

Pocas cosas provocan en una mujer un tsunami de hormonas más grande que ver un tipo paseando por la plaza con un bebé. ¡Pero es un bebé de otra! No importa. Si lo tiene enganchado en el pecho, ya la sensación está cercana al orgasmo. Y si le limpia los mocos o canta con él, caes ahí seca, en medio del clímax.

¿Por qué si es lo mismo que hacemos nosotras? ¿A alguien se le ocurre que un tipo pueda erotizarse mirandonós arrastrar un crío que no es de ellos? Desde que tenemos cinco años nos conmueve el nene que cepilla el pelo de nuestras muñecas, que nos ayuda a ponerles vestidos y nos empuja el carrito. Siempre le agradecemos “el favor” que nos hace.

¿Es un gen defectuoso? ¿Qué nos pasa? Después, cuando tenemos 34 nos calentamos porque él no cree que sea “su turno” para cambiarle los pañales, bañarlo o llevarlo a la cama.

Porque no importa lo evolucionado, moderno, descontracturado o en contacto con su lado femenino que sea el padre de tus hijos, siempre habrá ejércitos de mujeres que le dejen bien claro que ocuparse de su hijo es una virtud maravillosa, casi un superpoder, y no una obligación que nace con el último pujo.

Y vos, puteas. Pero después, un día vas a la placita y te emociona verlo. “Ay mirá que divino ese padre, se disfrazó igual que el hijo para salir en Halloween”. Y otro, sin darte cuenta, terminás suspirando.