La mirada de pena

Hay dos teorías sobre como tratar con un bebé y millones de libros. Y, como era de imaginarse, a mi no me gusta ninguna de las dos. Y eso, bueno…. eso es un problema.

(Un resumen para los que todavía no fueron invadidos por las mamaderas -si ya lo sabés, salteáte olímpicamente el masacote que está a continuación-. La teoría clásica, aplicada por la mayoría de nuestras madres, supone no tenerlo aúpa todo el día porque se acostumbra, darle de comer cada tres horas, sacarlo del cuarto lo más rápido posible y en general aplicando el Duérmete niño, sacarle los pañales cerca de los dos años (y en verano porque eso es lo que indica el saber popular) y un largo etcétera que a esta altura imaginarán. Sus máximos exponentes son Richard Ferber, y Eduard Estivill y su Duérmete niñoDel otro lado, la teoría del apego, muy de moda entre nosotras las madres progres y burguesas opina que hay que dejarlo fluir e ir viendo que onda. Que dejarlo llorar sin parar para “enseñarle” a dormir es una aberración espantosa, que hay que ir con el crío encima a todos lados, que está todo bien con dormir en la misma cama (colecho le dicen), que hay que dar teta hasta que vaya a la Facultad. Sus exponentes más difundidos son Laura Gutman, Carlos GonzálezRosa Jové)

Mi hijo tiene 19 meses y duerme en una cuna adentro de nuestro cuarto. Sí, en el MISMO cuarto. Esto ha generado los comentarios más variados. Y todos, sin excepción, negativos y censores. Pero de todas las reacciones mi favorita es la mirada de pena.

Sepan aquellos que aún no han sido iniciados, que en el kit de maternidad que te dan cuando nace el primer hijo viene un instructivo para hacer tu propia “mirada de pena” y una breve explicación de cómo usarla contra otras madres. De preferencia, primerizas en puerperio.

La cabeza levemente torcida hacia el costado, la comisura de los labios delicadamente hacia abajo, y la mirada fija en un punto cercano al piso. El símbolo internacional del: “Pobrecita, es débil de carácter. No tiene lo que hace falta para marcarle los límites y en dos años le camina por la cabeza”.

Y ahí volvemos al problema del principio.

Si yo me hubiera enamorado de Estivill y su método que consiste en dejar al bebé en su cuna durante lapsos cada vez más prolongados evitando alzarlo aún cuando llore como si lo estuvieran matando, mi hijo seguramente ya dormiría en su habitación y toda la noche. Pero me resulta cruel y antinatural, así que no lo hago. 

Si yo fuera seguidora de la teoría del apego, viviría feliz durmiendo con el crío en la mitad de la cama hasta los 18 años y pensaría que la pobrecita es la que me mira con cara lástima y no yo. Pero tampoco me convence.

Y ahí quedo. Sola. A la intemperie como un marido en la puerta del probador de Zara. Carne de cañón para la gente que todo lo aconseja.

Y no quiero sus consejos. No los quiero porque no tengo la menor idea de que es lo que tengo que hacer pero hay algo que sí se.

Haga lo que haga, la voy a cagar mil veces, pero la duda no es debilidad de carácter. La duda es eso, duda. La certeza de no saberlo todo.

Y eso, cada vez estoy más convencida, se parece mucho a ser la madre de alguien.

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