Me confieso

Hice algo horrible. Necesito contarlo. Me está comiendo la culpa. No hablo de una pavada, no. Hablo de algo horrible. Algo espantoso para mi prontuario de madre. Porque una cosa es hacerte la canchera y un día “olvidarte” de bañarlo antes de meterse en la cama. O dejarlo que cene yogur con galletitas. Pero esto, esto es otra cosa. Algo espantoso, que no sabés como confesar.

Déjenme que les cuente. En realidad no es que haya hecho algo. El problema es lo que no hice. Algo de lo que debí ocuparme hace mucho tiempo. Algo que define mi pertenencia a una de las categorías más sagradas para mi. La de la madre progre. Porque si no soy una madre progre, ¿entonces qué soy?

Para mi es importante. Yo lo hago todos los días. Y la mayoría, lo odio. Pero me hace sentir humana, Y no tienen idea de las cantidad de discusiones que gano por semana invocando la experiencia vital que esto me ha dado. Lo que me ha hecho crecer como persona.

Porque podré reírme de las madres del jardín de infantes y tomarme para la risa que los paseos de las vacaciones de julio de mi hijo los seguí minuto a minuto por Whatsapp y Facebook. Pero tengo códigos. Y estas cosas no se hacen.

Por eso, hoy ante ustedes vengo a hacer una confesión. Y si las madres progres del mundo tienen un lugar en su corazón para mí, les pido por favor que me perdonen. Juro que lo enmendaré. Porque he pecado y he pecado grueso.

Mi hijo tiene más de dos años y jamás…jamás se subió a un ómnibus.

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