Como un monito molesto que vive en tu hombro

Si sos madre, la conocés. Como en la canción de Sting, ella vive en cada una de tus respiraciones, en cada uno de tus pasos. Suena horrible, y es peor. Es peor porque, te acostumbrás a vivir con ella. A tenerla subida en un hombro como un monito tierno que juega con tu pelo.

Y vos que no tenés hijos. Ya sé lo que estás pensando. Lo que pensás cuando ves a una de nosotras hacer un comentario: Que cuando a vos te toque ser la mamá de alguien, no te va a pasar. Pero, te equivocás.

Viene a quedarse. Entra despacio y tiene paciencia. Espera agazapada, detrás de una sonrisa o de un gesto tierno. Pero, no te engañes, está ahí. Esperando. Buscando el momento correcto.

Domingo, 8:30 AM.

Vos te estás lavando los dientes mientras él, de piyama, te mira -mientras relojea los dibujitos en la TV- desde la cama grande. “Mamá”, dice con ese tono que ya aprendiste a reconocer. Ese tono que indica que lo que va a decir le está dando vueltas en su pequeña cabeza desde hace largo rato.

-¿Si? ¿Que pasó?

-Mamá, ¿hoy no te vas a ningún lado?

Y ahí está, en ocho palabras. La forma exacta de la culpa materna.

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El placer de las vacaciones en 6 llamadas telefónicas

Debe ser porque soy nueva en esto y es por eso que todavía no me acostumbro. Hasta hace cuatro años mi único contacto con el fenómeno podía darse si, olvidando las fechas, se me ocurría ir al cine y terminaba despegándome pop del pelo y refresco de los pantalones. Pero es que no lo entiendo. ¿Cómo que hay vacaciones? ¿Otra vez? Si terminamos la adaptación hace dos semanas y la semana pasada estuvo la mitad en casa porque se contagió de la primera gripe en el colegio… El lado bueno es que por lo menos me descuentan esta semana de la mensualidad… ¿Ah no? ¿En julio tampoco? ¿Y en setiembre?

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1.—Hola, mamá. ¿Todo bien? Llamaba para ver si podés cuidarme el nene la semana que viene porque tiene vacaciones y no tengo a quién dejárselo….¿Vos también te vas de vacaciones? Ahhhh, mirá que lindo….No no, tranquila, yo me arreglo. Me arreglo, me arreglo…. Besos, besos…

2.—Hola suegra. ¿Cómo va todo? Yo bien, lo más bien, lo más bien. Llamaba porque con el tema de Semana de Turismo estamos un poco complicados con el gordo y quería saber si se puede quedar unas horitas por ahí… Se van al interior a ver a la familia… Que lindo…Precioso, precioso plan…. No, no se preocupe… nos arreglamos… tranqui… pasen lindo… Besos…

3.—¿Hola, cuñada? Que tal, perdoná que te jorobe y te la hago media corta porque estoy en el trabajo y vos también si… ¿A la gorda dónde la van a dejar? Porque no tengo dónde meter al gordo, ponele que de mañana me arreglo pero ya de tarde se me complica… ¿Se va con la otra abuela? ¡Qué suerte che! ¡Qué copada tu vieja, una diosa! Te dejo y sigo llamando… Besos

4.—¿Hola tía? Soy yo la hija de tu prima si. Si, la verdad hace un tiempo que no nos vemos si. Es cierto si, nos vemos en los velorios…Hace un montón que no se muere nadie si… ¿Te conté que tengo un hijo tía? Tres años tiene si… Che, te hago una consulta. ¿Qué tenés que hacer en Semana de Turismo por las tardes? Lunes, miércoles y viernes té con amigas…  qué copado… ¿Martes y jueves? De tres a cinco podrías, genial entonces. Te lo llevo el martes y ya lo conocés…

5.—Hola, ¿jefe? Disculpe que lo llame a esta hora…¿Comiendo? Mil disculpas, pero es un minuto nomás. ¿Complica mucho si voy con el nene a trabajar lunes, miércoles y viernes? El viernes es feriado cierto…. ¿Lunes y miércoles está ok entonces? ¿Lo va a pensar? Genial entonces…

6.—¿Mi amor? Ya lo coloqué con mi tía Pocha el martes y jueves de tarde. Pocha, mi tía. ¿No te la presenté nunca? Juraría que te la había presentado en el velorio de mi abuela… Tranqui, es una copada… El viernes lo tengo libre… ¿Vos al laburo lo podés llevar el lunes o el miércoles? Sino yo me tomo ahora la licencia. ¿En julio te la tomás vos?

Tabárez, el colecho y el Neuralizador de Men in Black…

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Si hay alguien que me entiende es el Maestro Tabárez. Mi vida es igual a la suya. Igual, pero multiplicada por 20.

Todas las mujeres del mundo, y varios hombres, creen que saben cómo tenés que hacer las cosas. Así como yo me animo a reclamarle al DT que cite a Fulano cuando no tengo idea de qué es un doble cinco, la mayoría de la población cree que sabe como hacer mejor que vos el trabajo de criar a tus hijos.

Algunas mujeres se permiten (nos permitimos) ese tipo de apreciaciones sobre la base de haber tenido un hermanito o sobrino, ser psicólogas infantiles, médicas pediatras o simplemente por haberlo leído en algún lado. Pero la mayoría se sostienen sobre la base de un único argumento: ellas lo hicieron y lo hicieron primero.

No importa si su hijo es una larva impresentable, un maleducado o si la última vez que cambiaron un pañal fue en la primera mitad del siglo pasado. Hacer primero algo te hace mejor que el resto. Y punto. Con frases como “esto se hace así” porque “siempre se hizo así”, sienten la ancestral necesidad de compartir sus saberes con el Universo. Todo el Universo.

Esta semana fue el colecho. Bastó que una famosa argentina subiera a Twitter una foto durmiendo en la misma cama que sus hijos para que todo el mundo sacara una diplomatura en sueño infantil. De un lado, las voces que repiten y repiten que es un “horror” y que “puede afectar a esos niños” en tono de estar diciendo un axioma indebatible. Del otro, los que “la defienden” citando libros de historia sobre culturas milenarias en las que madres e hijos comparten la cama. Cientos y cientos de directores técnicos de la maternidad asegurando a quién quiera escucharnos, y a quién no lo quiera, cómo debe hacer algo alguien a quien no conocimos jamás.

Y a mi todo eso me hacer acordar a una sola cosa. El artefacto que usaban en Hombres de Negro (o Men in Black) para borrarle la memoria a la gente que veía extraterrestres. Un cilindro metálico, en realidad llamado Neuralizador, que al presionarlo prendía una luz que hacía que quien lo mirase olvidara por completo lo que había ocurrido minutos antes. Eso, lo mismo, parece que nos pasa a todas las que hemos tenido que escuchar en silencio los consejos que no pedimos y las opiniones que no nos interesan desde el primer minuto en que empezamos a ser madres de alguien. Pero si hemos odiado cada uno de esos momentos hasta fantasear con el asesinato de quien dice saber todo sobre lo que estamos haciendo, entonces ¿por qué?

¿Qué nos pasa? ¿Por qué insistimos en creer que somos las dueñas de una verdad que no creímos que el resto tuviera? ¿Por qué nos comportamos como un ejército de exfumadoras acosando a las otras sin recordar el pasado? ¿Que tal si hacemos silencio?

Un viaje en el tiempo

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Él tenía dos meses. Apenas dos meses, cuando me fui a trabajar por primera vez. Y ese día terminé de graduarme de cliché.

Lloré mientras me ordeñaba para dejarle su mema. Mientras caminaba las dos cuadras hasta la parada del ómnibus. Y lloré todo el trayecto hasta mi trabajo. Escondida en el último asiento y tratando de llorar sin ruido. Como una amputada, sentí que mi brazo, mi pierna, mi pecho, se quedaban con él, en la otra punta de Montevideo.

Y lo mismo los cuatro días que siguieron. Ahora, dos años y medio más tarde, a veces subo al ómnibus y las ganas de llorar, vuelven. Aunque algo cambió, es el ómnibus de vuelta….

Esta semana el ómnibus que me tomé, era una avión e iba mucho más lejos. Cuatro días y sus respectivas noches. Sola, sin ellos.

Y me subí al avión con una presión en el pecho. Como si el Pepe Grillo de las madres se hubiera sentado sobre mi diafragma. No olvides, decía sin decirlo.

Pero bajé del avión y algo cambió. Como los zapatos que te sacás al final del casamiento, el dolor fue primero más fuerte y después, desapareció de repente.

Lo que me llevó a Perú no era un ómnibus, pero tampoco un avión. Era una máquina del tiempo. Ahí me encontré con mi alter ego. Mi yo del pasado, la sin hijos. Y estuvo bueno.

Ahí estaba yo, tranquila, sin culpa, sin miedo. Paseando por una ciudad hermosa, comiendo, aprendiendo.

Hasta que un sonido, un sonido que comenzó tímido y lejano, y se expandió como una fuerza arrasadora y me sacó del ensueño. Un llanto. El llanto de un niño que no era el mío, me trajo de vuelta a Montevideo.

Los secretos más oscuros

Dejémonos de mentiras. Basta. Seguro no estamos solos. Es cuestión de respirar hondo y dejarlo salir en la exhalación. La verdad nos hará libres, estoy segura que leí esa frase en algún lado. No se preocupen, voy yo primero…

Traicion-y-asco

A continuación la lista de cosas asquerosas que la maternidad me ha regalado:

¿Que gusto tendrá? La pregunta parece obvia, inocente. Incluso tiene lógica preguntarse por qué le daríamos a él algo cuyo gusto ignoramos por completo. Sin embargo, al probarla nos damos cuenta. No fue una buena idea. Por algo es, que la del café con leche sale de alguien llamada Vaca.

– Comida masticada. Estás ahí, parada en el medio de un cumpleaños/plaza/playa/etc. y no ves un basurero cerca. Él abre su boca, saca una galletita a medio masticar, la suelta sobre su mano y te la entrega para que vos te ocupes de ella. Vos mirás para todos lados y te quedan dos opciones, pero llevás años despotricando contra los que tiran mugre al suelo. Abrís la boca y te lo comés. Como dicen en las películas de asesinos, la peor es la primera vez.

– Mocos. No importa cuántos lleves, en algún momento los pañuelos se acaban. Y, como diría Murphy, se acaban exactamente 30 segundos antes de que él se pase la mano por la cara y un monstruo verde emerja de sus narices. Revolvés la cartera, buscás por todos lados, mientras el tipo tironea de tu mano intentando irse. Es un segundo. Un segundo, y el monstruo verde está, ahora, en tu mano…

Más mocos. No hay nada más hermoso en esta vida que hacerlo sentir mejor. Pero nadie te explica que a veces, “hacerlo sentir mejor”, implica chupar un tubo plástico cuyo otro extremo está metido dentro de su nariz. Me encantaría que alguien me dijera si hay una razón médica que explique por qué el tubo tiene que ser transparente y darme la primera fila en “El camino del moco”.

– Roadtrip al infierno. Estás de vacaciones y llueve. Tanto saltó, gritó y tiró cosas al suelo, que ir a pasar el día al Chuy empieza a parecerte idéntico a caminar por una calle de París. Estás en el medio de la ruta, nada más que pasto y un árbol cada dos kilómetros, cuando escuchás un sonido inconfundible. Inmediatamente después, el aroma te saca de la duda y te das vuelta temblando. Está ahí, aliviado, riendo. Cubierto, de pies a cabeza, con su almuerzo. Lo único que podrá defenderte es un paquete empezado de toallas húmedas. Roadtrip al infierno.

– Caca en la cara. ¿Quién puede decir que nunca abrió un pañal y fue invadido por litros de una especie de mancha voraz que avanza y cubre todo a su paso? ¿Quién puede decir que después de eso no sintió un insoportable picor en alguna parte de su cara que instintivamente intentó rascarse? Lo demás, historia conocida.

– Desayuno de campeones. Era sábado, cerca de las ocho de la mañana. Un grito desesperado me sacó, como un piñazo, de mi sueño plácido: “¡¿Tengo mierda en la espalda?! ¡Decime por favor que no tengo mierda en la espalda!” Mientras su padre gritaba, enajenado, él jugaba como si fuera plasticina, en el medio de la cama…

Un sueño y una letra

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Cuando era niña tenía una obsesión que lo ocupaba todo. Un objetivo que aparecía en todos mis sueños, dormida y, también, despierta.

Todo lo que anhelaba en el mundo era una letra.

En mi escuela, y en muchas otras, al iniciar el año la profesora de canto nos hacia pararnos junto a ella y cantar una nota al compás de su piano. Segundos después pronunciaba una de dos letras: A y B. La A era la que recibían los dotados. Y yo, por supuesto, era B.

Todos los años soñaba, cada vez con menos esperanza, que ese verano hubiera operado en mi un cambio sorprendente. Pero el resultado siempre era el mismo. “Voz B”, decía y miraba por arriba de mi hombro buscando al siguiente.

Los años pasaron. La misma suerte corrí en el liceo. Me di cuenta que no sólo soy voz, también mi oído es B. Treinta años después sigo percatándome de que canto mal, sólo al ver el fracaso en la cara del que escucha.

Pero un día ocurrió el milagro. Mi voz empezó a sonar como la de un ángel. Vinieron los aplausos. Las felicitaciones. Mi auditorio nunca se cansaba de escucharme y una y otra vez pedían que siguiera interpretando.

Un día ocurrió el milagro y fui la mejor cantante. La más bella, la más buena, la más inteligente.

Ese día, un par de ojos me miraron como si yo supiera las respuestas a todas las preguntas, los caminos hacia todas las verdades. Los secretos detrás de todas las dudas.

Y ese fue el día. Ese fue. El día en que tuve más miedo.

Me confieso

Hice algo horrible. Necesito contarlo. Me está comiendo la culpa. No hablo de una pavada, no. Hablo de algo horrible. Algo espantoso para mi prontuario de madre. Porque una cosa es hacerte la canchera y un día “olvidarte” de bañarlo antes de meterse en la cama. O dejarlo que cene yogur con galletitas. Pero esto, esto es otra cosa. Algo espantoso, que no sabés como confesar.

Déjenme que les cuente. En realidad no es que haya hecho algo. El problema es lo que no hice. Algo de lo que debí ocuparme hace mucho tiempo. Algo que define mi pertenencia a una de las categorías más sagradas para mi. La de la madre progre. Porque si no soy una madre progre, ¿entonces qué soy?

Para mi es importante. Yo lo hago todos los días. Y la mayoría, lo odio. Pero me hace sentir humana, Y no tienen idea de las cantidad de discusiones que gano por semana invocando la experiencia vital que esto me ha dado. Lo que me ha hecho crecer como persona.

Porque podré reírme de las madres del jardín de infantes y tomarme para la risa que los paseos de las vacaciones de julio de mi hijo los seguí minuto a minuto por Whatsapp y Facebook. Pero tengo códigos. Y estas cosas no se hacen.

Por eso, hoy ante ustedes vengo a hacer una confesión. Y si las madres progres del mundo tienen un lugar en su corazón para mí, les pido por favor que me perdonen. Juro que lo enmendaré. Porque he pecado y he pecado grueso.

Mi hijo tiene más de dos años y jamás…jamás se subió a un ómnibus.