La jaula del tigre (segunda parte)

Bueno, volví. Se acabaron. Un poco, dolió que terminaran. Otro poco dolió, que fueran tan largas…

La playa. Es como un catálogo de todo lo que nunca tuviste, no tenés y jamás tendrás. Onda, lomo, bronceado, nivel atlético… Y para la maternidad, ahora lo sabés, funciona igual. 

Te acabás de pelear con el padre de la criaturita que vigilás con ojo de lince. Sentada en tu silla, te duele la mandíbula de tener esa cara de traste. Y ahí vienen. La parejita. Edad similar, una nena del tamaño del tuyo y una piscinita inflable igualita. Se te instalan al lado. Obvio.

Ella es como un tallarín. Obvio. Él sonríe. Obvio. Mientras infla la piscina y la llena de agua marina. La nena, una santa. Obvio. Sentada, con su malla verde con lunares blancos, juega a llenar un baldecito con agua y vaciarlo en otro. Y así.

Vos te quedás absorta, embobada, mirando…

-“¡Gordaaaaaaaaaaaaaaa!”. De golpe un grito familiar te saca de tu película Disney justo cuando estabas eligiéndole banda sonora.

Mirás en dirección del alarido masculino. Y ahí está. Alejado más de diez metros de tu ojo vigilante. Tirándole arena a una familia entera, mientras su padre intenta traerlo de vuelta.

Durante milésimas de segundo, buscás el gesto en las caras llenas de arena y esperás que lo encuentren tan tierno como cuando hizo lo mismo con tu suegra. Pero en el fondo, y hasta hace 20 meses no tan en el fondo, siempre supiste la respuesta…  

Si el hijo es ajeno, sus gracias solo saben como comer arena.

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